
Cierra la puerta del baño. Se baja los pantalones. Se sienta en el W.C. Enciende la radio como medida de distracción. Para gatillar el impulso sexual, sabe que tiene que fijar en la mente una de estas tres imágenes: 1) las tetas generosas que escapan de la blusa escotada de la profe de matemáticas. 2) el culo de su tía Andrea encarcelado en sus jeans rojos. 3) La prima María José haciéndole un masaje en el cuello. Después de la elección, toma delicadamente el pene sólo con 3 dedos (pulgar, índice y corazón o dedo tercero). Realiza un masaje preciso, tierno y rápido sobre el glande cálido. Luego de estimularse con la imagen seleccionada, comienza el zapping sexual acostumbrado: que se lo chupan, la foto del par de lesbianas que esconde en el libro de Historia, la Cata en jumper recogiendo un lápiz, cualquier foto de la Penthouse del Miguel o de la Playboy del papá, los calzones de la nana, aquel encuentro casual con esa mina sin nombre que una noche de agosto le mordió la oreja bailando un lento de los Enanitos Verdes. El secreto de una buena masturbación, según, él es mezclar, coordinar y fusionar todas estas escenas a un ritmo endemoniado y preciso. Cuando el semen está a punto de ser expulsado, aminora el ritmo. Detiene el zapping y profundiza en una, y sólo en una, de las tantas imágenes del repertorio. Esta vez triunfa el encuentro casual con esa mina sin nombre que una noche de agosto le mordió la oreja bailando un lento de los Enanitos Verdes. Tose para distraer a su madre que siempre pulula tras la puerta del baño. Cierra los ojos. Aprisiona el prepucio con los mismos 3 dedos para atajar y detener el manantial de placer. Goza el momento luminoso (siempre como si fuera la primera vez, siempre). Suspira. Limpia. Pablo tiene 12 años y es virgen. Para él, la masturbación es un rito sagrado que debe cumplir estos requisitos básicos. El cura del colegio le dijo una vez que la masturbación no sólo es pecado, sino que además le provocará un daño irreversible a la vista. Que incluso podía quedar ciego. Lo que no sabe el cura del colegio es que a Pablo esa amenaza le provoca risa. Por una razón muy simple. Su papá es oftalmólogo. Y de los buenos.